Nací de un vientre maldito. Escapé de una torre en llamas. Huí de un maestro vil y manipulador, del pasado y de mí mismo.
La Fuente se perdió, y yo seguí adelante. El Rey se convirtió en cenizas, el pueblo se dividió, la sangre de los elfos corrió por los valles de Quel'thalas y Terrallende, y yo salí indemne. Cuando el Príncipe regresó trayendo la fatalidad, una vez más, me salvé.
A veces he sido yo mismo quien se ha lanzado a los brazos de la muerte en una caída al vacío para huir del dolor. Nunca he sido lo bastante valiente, sin embargo. Cada vez que lo he intentado, en el último momento el miedo me ha hecho volar.
Cuando aquel portal se abrió en los Bajos Fondos de Dalaran y el demonio surgió entre la bruma glauca, rabioso y vengativo, pensé que al fin escribiría el final de mi historia.
No ha sido así. A esto también he sobrevivido. Así que he decidido comenzar este diario. Ya que mi vida insiste en proseguir a toda costa, supongo que tengo que contarle a alguien qué hago con ella en este nuevo camino, el Camino Izquierdo, el Arte de los brujos.
Brujos. Qué asco. Siempre he desdeñado a esa gente. A mis ojos, un brujo era un tipo ansioso y superficial, incapaz de estudiar de forma constante y profunda, que solo buscaba el poder fácil y el éxito rápido y con pésimo gusto en el vestir. Los que no daban la talla para ser magos, se convertían en brujos. Odiaba toda esa parafernalia: las calaveras, las hombreras de pinchos, las tétricas caperuzas... el hedor repugnante de la sangre de demonio, los lugares sucios, los altares mugrientos. No, jamás pensé que este fuera a ser mi destino. Y sin embargo aquí estoy, en la mitad de un camino del que ya no se puede regresar. Yo, el Magíster, ahora soy un brujo.
Mientras escribo pienso en todos vosotros, en los que habéis formado parte de mi vida. Pienso en los vivos y en los muertos. Me pregunto qué pensaríais sobre aquello en lo que me he convertido... y después os desprecio. ¿Por qué habría de importarme vuestra opinión, eh? ¿Por qué me importa, maldita sea? Ninguno estáis aquí para verlo, todos me habéis abandonado, así que ¿qué derecho tenéis a juzgarme? Estoy aquí por vuestra culpa. Pero, y esa es la amarga ironía, vuestro recuerdo es todo lo que me queda. Así que es a vosotros a quienes hablo.
No deja de ser patético, ya lo sé. Mi vida siempre ha sido una tragicomedia, como esas obras teatrales pésimas, mal escritas, que interpretan compañías de medio pelo en los pueblos de la antigua Lordaeron, donde actrices preñadas y con las venas dilatadas por el grog sobreactúan la muerte de la Reina Tiffin antes de cambiar de escena y dar paso a un grupo de gnomos bailando. Así es mi vida, sí. Más o menos. Los momentos más tristes y amargos nunca han llegado a ser solemnes. Los momentos graves y duros siempre han acabado en ridículo. Y cuando algo parecía salir bien, ocurría una desgracia demasiado grande como para tener control sobre ella. Cada paso que doy es una planta que se marchita sin llegar a florecer, sin alcanzar jamás algo auténtico. Y si alguna vez se me permite rozarlo con los dedos, el cruel destino ya está preparando una caída más estrepitosa aún que la anterior.
No, yo no camino. Solo intento caer con estilo.
Así que aquí estoy, en este lugar perdido de la mano de los Dioses. La Legión dice que los Titanes nos han abandonado, y les creo.
Llueve y hace frío. Tengo la toga rota y hace dos días que no puedo bañarme. Llevo una piedra de alma al cuello, una daga en el cinto y hay un cráneo flotante a mi lado, mirándome y hablando sin parar mientras escribo esto.
Soy un superviviente. La guerra en las Islas Abruptas acaba de empezar, así que quizá no lo seré por mucho tiempo.
Qué suerte, ¿verdad?
Voy a buscar a los Illidari. Alguien aquí tiene que vender vino.
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